El olmo del cruce de Cieza

El olmo del cruce de Cieza ha vuelto a renacer con fuerza e intensidad en estos días. Pese a su aislamiento de hormigón y taludes, pese a la exposición de sus raíces al viento seco y cálido, pequeñas hojas han rebrotado de sus ramas y me saludan cada vez que paso camino a casa.

Este olmo no es un árbol cualquiera; es un superviviente de estos tiempos esquizofrénicos que mezclan sostenibilidad con desarrollismo, medio natural e infraestructuras agresivas, Kyoto con coches cada vez más potentes.

Cuando era el tiempo de las obras de la autovía del noroeste, muy allá en un invierno lejano, sentí una inmensa lástima frente a lo que yo juzgaba un arboricidio voluntario. Máquinas de 40 toneladas lo rodeaban zarandeando sus raíces a la vez que las palas que movían el terreno ocultaron de polvo y tierra sus ramas y hojas.

Pasaron las estaciones duras y sombrías y llegó una primavera como la que hoy nos alumbra. Entonces el olmo volvió milagrosamente a la vida. Y ahora, cada vez que veo el reflejo del sol de la tarde cuando las hojas son movidas por un Levante intenso, entonces es cuando comprendo cuán enorme es la voluntad de vivir y autoafirmarse para todos los seres.

Agarrado al llano del Ardal, apretando un exiguo terruño, el olmo del cruce anuncia los caminos del asfalto humano, las encrucijadas de la vida en las que deberemos decidir si merece la pena continuar la lucha o bajar los brazos.

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