Nocturno

Te despiertas y apartas las mantas para que el sudor se seque. Las lamas de la persiana dejan entrar la luz mortecina de la noche, débil frecuencia artificial de una farola estropeada — aún así es capaz de contaminar la luz de las estrellas.

Has echado pie a tierra. Notas el frío del terrazo mientras tientas el suelo con la punta de los dedos a la búsqueda de una zapatilla esquiva y despistada. Sí, es la misma que arrojaste en la penumbra mientras mirabas con hambre el cuerpo desnudo de quien te acompaña.

Quien te acompaña duerme, respira, descansa e ignora la inquietud de tus pasos que te dirigen al baño. Con mano vacilante encuentras la llave de la luz pero, en un último gesto, prefieres quedarte a oscuras mientras tomas asiento en la taza.

«Definitivamente has perdido esa historia.»

Intentas adivinar las formas de tu sueño, la cara de los personajes, las aristas de una historia que se te antoja — ahora — absurda y lejana. Concentras tu pensamiento en el silencio profundo de la madrugada y vuelves a cerrar los ojos apretando con fuerza los párpados para tan solo entrever un fulgor difuso y tenue de lo que antes deslumbraba.

Definitivamente has perdido esa historia. Y, aunque sigues buceando entre los ecos de lo soñado, aceptas que te será imposible asir la levedad del tiempo.

Cuando regresas junto a la mesilla tu pie despistado, en un gesto automático, vuelve a arrojar la zapatilla muy debajo de la cama. Enroscas tu cuerpo entre las sábanas y notas como todo vuelve a su orden, imperceptible, pero inexorable.

Finalmente, notas su mano en la cadera y ese contacto tan primero, tan carnívoro, acaba por desmontar definitivamente los pocos restos sólidos del andamiaje de aquel último sueño.

Ya estás dispuesto para el siguiente.

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