Mejor no confiarse

Habían sido tantos años luchando contra el enemigo, tantos recuerdos, manifestaciones, denuncias y reuniones para elaborar estrategias que ahora, desde la perspectiva de la victoria, le parecían muescas en el revólver, cicatrices cerradas que, orgulloso, podría mostrar a sus descendientes: yo estuve ahí encadenado para que no levantaran la central o de esta roca me colgué con la pancarta para que no abrieran la carretera por el valle.

Estos pensamientos le venían normalmente al atardecer, en esa pausa que hacen los cielos justo antes de que el sol se fuera ocultando tras el collado Bermejo de Sierra Espuña. Paseaba tranquilo junto a su golden por una de las zonas parceladas que había al lado de casa. Recorría con calma las calles vacías de uno de los muchos planes parciales destinados a ser una nueva urbanización y que ahora dormían el sueño de los justos.

«Se aproximó al amasijo de hierros y comenzó a lamer la mano de su dueño.»

Era un hombre afortunado pues, con la ruptura de la burbuja, había heredado un lustroso patrimonio: un mundo de jardines, bancos, columpios y pequeños naranjos para pasear en paz, aceras vírgenes y relucientes, parques solitarios, vallados que protegían solares con apenas tres matojos y césped que jamás holló pisada alguna, ni de perro ni de persona.

Aquella tarde soplaba con violencia el Poniente. Se arrebujó la chaqueta y continuó reflexionando sobre la victoria. Miró con desdén uno de los enormes carteles que anunciaba pretencioso: su vivienda de lujo en una zona inmejorable. Sonrió bajo el cuello de la chaqueta y entrecerró los ojos para evitar el polvillo que una fuerte racha levantaba.

Finalmente se dio la vuelta y de espaldas al viento comenzó el regreso a casa. De repente, un crujido de metales que se destemplan, un gemido del hormigón que se desgarra y en un segundo se apagó todo. El golden que estaba suelto — su mujer le regañaba por no atarlo siempre, algún día tendremos un disgusto — esquivó la chapa y ahora tras el estruendo se acurrucaba gimiendo y asustado. Se aproximó al amasijo de hierros y comenzó a lamer la mano de su dueño. Continuó saboreando el regusto amargo de la victoria mientras el logo de la empresa constructora, impreso en una plancha de trescientos kilos, aplastaba el pecho de quien le alimentaba.

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