Manual para la nostalgia

En lo que a mí concierne, prefiero aceptar la derrota que una vida entera intentando negar evidencias. Eso pensé cuando la vi desparecer tras la esquina de los pareados con sus perros. Una conversación, más bien un monólogo, fue suficiente para determinar con precisión la patología de su mundo irreal, universo en el que la dueña de los chuchos se sostenía a duras penas sin ella saberlo.

A veces creo que estamos demasiado marcados por nuestro pasado. Creo que el olvido es tan necesario como el aire que respiramos. Las losas están para levantarlas de un tirón y dejarlas caer en el vacío del tiempo, para que estallen en mil pedazos y que el ruido del golpe silencie nuestras dudas y temores. Los errores y pecados prescriben y todos los damnificados deber saber salir adelante porque la vida sigue.

«Notaba la amargura de su mirada, la cicatriz certera e indeleble de un abandono.»

Para olvidar hay que aceptar, aceptar nuestra línea del tiempo, asumir nuestro entorno, reconciliarnos con nuestro mundo. Estar preparados para más reveses y revolcones. Vivir con miedo es absurdo: con miedo no se vive, simplemente uno se esconde de todo lo bueno que podría tocarlo.

Todo esto pensé cuando la vi doblar la esquina. Notaba la amargura de su mirada, la cicatriz certera e indeleble de un abandono, la no asimilación de que esa oportunidad, esa puerta había sido cerrada y que le estaban esperando otras muchas.

Quizás sea eso no estar vivos. Quizás debamos revisar nuestros estándares para declarar como no vivos a todos aquellos que sueñan lastrados por su pasado, incapaces de olvidar, sometidos a una luz pretérita y cenicienta que jamás volverá a iluminar su, por ahora, presente mortecino.

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