La mudanza al campo

En casa notábamos que algo iba a suceder. Mamá empaquetaba en cajas de fruta y de cartón las cosas de la cocina. El contenido del frigorífico siempre se dejaba para el final por motivos obvios. ¿La ropa? Muy poca, la imprescindible. (Aquí mi madre aplicaba a rajatabla uno de sus lemas: un cuerpo, un vestido.) Luego algún pequeño neceser con las cosas del baño y ya está.

Bueno, se me olvida que cada uno de nosotros se ocupaba de sus objetos personales. En aquellos tiempos nuestras riquezas eran escasas en lo material: la colección de los libros de los Cinco, también la de Astérix, las cajas de zapatos con las cintas de casete y el reproductor estéreo Sanyo que habíamos comprado en la tienda de Clotildo del paseo.

Con todo, el elemento más delicado y sagrado en la mudanza era el televisor. Los hermanos éramos demasiado pequeños para sostenerlo y venían algunos hombres de la fábrica de papá para transportarlo. Y hablo en plural porque eran al menos dos los que, entre bufidos y resoplidos, sostenían en volandas el enorme monstruo emisor de rayos catódicos.

Para nosotros era un completo desafío comprender cómo aquel enorme cajón de madera, válvulas y vidrios podía retorcerse y doblar las esquinas de la escalera. Seguíamos la operación con la respiración entrecortada, expectantes y sufriendo para que nuestro tesoro no sufriera daño alguno mientras rebasaba el marco de la barandilla. En aquella caja estaban depositadas todas las bienaventuradas siestas del futuro: el Coche Fantástico, la Pipi Calzaslargas y las Aventuras de Nils Holgersson.

Con mucho cuidado todo se iba depositando en el coche familiar que no puedo definir ahora con propiedad pues hubieron muchos y muy seguidos. Sí que recuerdo perfectamente la furgoneta Terra de color rojo y aroma jamón con cuerpo de Seat Panda y culo cuadrado. Eran incontables los viajes escalera arriba y abajo. Sabíamos de memoria todos los escalones del piso y poco a poco comprobábamos con satisfacción cómo la vivienda se iba vaciando de enseres.

Finalmente, cuando el coche y la furgoneta estaban literalmente colmados, salía un primer viaje, luego un segundo y, posiblemente también, un tercero y un cuarto. Algunos hermanos buscábamos quedarnos en el campo para recibir los envíos e ir organizando el aterrizaje. Por motivos obvios, a mí que era el segundo más pequeño de los seis, nunca me tocaba esa privilegiada tarea. Debía continuar haciendo viajes en las escaleras del piso arriba y abajo hasta que, por fin, cuando la mañana del sábado iba deslizándose hacia el mediodía, toda la casa estaba por fin recogida.

Subíamos en el coche de papá apretados entre las maletas y los bultos rezagados de última hora con la olla pronto encajada entre las rodillas y las cajas de albaricoques en los pies y las sandalias apoyadas en el marco para no chafarlos. Atravesábamos el pueblo y sus calles: primero Nicolás de las Peñas, luego Buen Suceso, más allá el reborde septentrional de la plaza de España y el teatro Capitol. Luego el Colegio de las Monjas y los toboganes de la calle Juego de Bolos hasta bajar al río.

Mientras el coche aceleraba en la recta del puente de los nueve ojos yo asomaba la cara por la ventanilla y entornaba los ojos para soportar la hiriente presión del aire. Recuerdo con perfecta precisión el ruido que el vehículo producía al sobrepasar cada uno de los machones del puente. El sonido emitido por el motor que escapaba libre entre las barandillas de forja no hacía lo propio cuando rebotaba en la sólida mampostería que sostenía el puente.

La materia rígida del ladrillo bien amaestrado me devolvía un bufido rítmico, grave y certero, sonido que sigue siendo el mismo casi 40 años después. Y dentro de muchos más, seguramente, será lo único que permanezca inalterado.

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