Uno de los primeros recuerdos que tengo asociados a mi padre son las salidas que hacíamos los domingos con el coche. Quizás me tenga que corregir, pero creo recordar que era a bordo de un Seat 1500 en primer lugar. Luego cambió la cosa con sucesivos Mercedes, cada uno de ellos con un número más grande y la D de diésel después de la cilindrada.
Recuerdo que mi padre le tenía especial querencia a las infraestructuras hidráulicas. De ese modo, visitamos muchos pantanos de la cuenca: Talave, Camarillas, Cenajo, Quípar. Tengo una imagen de la vieja carretera del pantano del Quípar. En ella está el coche aparcado en un ancho con los pinos y andábamos explorando un viejo carro de hierro que había junto a la calzada. Indudablemente esto fue un domingo de invierno limpio por la tarde pues el sol rebotaba en las crestas erizadas del Almorchón mientras se ponía tras el lomo de la sierra del Molino. De estas salidas domésticas también recuerdo perfectamente un día que subimos hacia el paraje de la Herrada en un día de nieve. En las proximidades de la casa del tardío estuvimos jugando y haciendo muñecos.
Otro lugar muy repetido en nuestras salidas era el Salto de Almadenes. En aquella época era posible bajar hasta las tripas de la central y recuerdo con especial claridad las turbinas verdes de metal con forma de caracola que vibraban sometidas a la presión brutal del agua que descendía desde las alturas. De aquella época también guardo en la memoria un día que estuvimos buscando a alguien que se había extraviado en el río. Mi padre se metió con el Mercedes 300 por los caminos del río Muerto y las cañas querían engullirnos enredándose en las ventanillas. De ese día recuerdo a los buzos y las bombonas de oxígeno apoyadas en el murete de la presa de la Hoya García.
Además de estas salidas locales, recuerdo que con la familia hicimos también viajes largos. Éramos muchos así que entrábamos únicamente 3 o 4 de los hermanos en la expedición. El Mercedes tenía un asiento delantero todo corrido en el que cabíamos varios. La primera vez que fuimos a Madrid recuerdo que, al pasar cerca de Tobarra, había un cartel publicitario con forma de avión dispuesto en posición vertical en la ladera de un monte. (No consigo recordar qué anunciaba, quizás un fármaco como la aspirina.) He regresado a esa montaña para encontrar los pilares en los que se apoyaba la estructura pero no los he encontrado. Sí recuerdo que estaban exactamente en Navajuelos, en el paso del estrecho.
Otro viaje fue a Ciudad Real donde mi madre tenía familia. En la carretera de Hellín a Pozo Hondo recuerdo vagamente haber parado junto a una reguera de agua con un caudal considerable. Allí estuvimos almorzando e incluso utilizamos ese agua, no sé si para beber, pero posiblemente para lavar los platos. Por esa misma zona recuerdo también alguna parada en una pinada enorme que había antes de entrar a Pozo Cañada, en las proximidades de la Casa de la Cueva que es ahora una bodega. Esta parada la tengo grabada con el sol de la tarde, así que seguramente regresábamos de Madrid. De esas fechas también recuerdo el desbordamiento de la rambla de Minateda y nos acercamos para ver cómo se había llevado el puente de la N-301.
En otra ocasión llevamos a mis hermanos mayores a un campamento de un mes en Salamanca. Creo que dormimos en Ciudad Real y al día siguiente teníamos reserva en el hotel Regio de Salamanca. Jamás podré olvidar la piscina enorme de ese hotel y un trampolín olímpico de muchos metros en el que disfruté lo que no estaba escrito.
Por motivos laborales, mi padre también hacía viajes a lo largo y ancho de toda la geografía peninsular: Sevilla, Salamanca, Madrid, Valencia, Jaén, Córdoba, Albacete, Barcelona. En unos tiempos en los que no existían los GPS ni las circunvalaciones, donde habían unas pocas autopistas de peaje, mi padre se lanzaba a devorar kilómetros por carreteras nacionales y comarcales, buscando el camino óptimo en la guía campsa y aprovechando cualquier coyuntura para acercarse a un buen restaurante a degustar un marisco soberbio o una paletilla de cordero.
En aquel momento yo no lo sabía, pero a día de hoy lo tengo clarísimo. Mi padre era, en esencia, un aventurero. De hecho, poseía una tremenda habilidad para desenvolverse por los callejeros de las ciudades y aún con 87 años conserva una memoria a prueba de bombas para recordar la nomenclatura de las carreteras y las mejores combinaciones para sortear las grandes urbes.
De vez en cuando, y sobre todo en verano, mi padre me llevaba con él. De esos viajes no puedo olvidar las noches de hotel. Mi padre era — y es — un gran roncador, pero en aquellos tiempos infantiles yo caía rendido en la cama y apenas lo notaba. También era un empedernido fumador de puros Montecristo y llevaba una purera de piel en la que guardaba los habanos en la guantera del coche. Otra cosa era la música en el casete: sus piezas favoritas eran las zarzuelas y tenía todas las cintas de Luis Cobos en las que se hacía un popurrí de piezas clásicas. Cuando estaba de buen humor, que solía ser casi siempre, tarareaba las letras y daba golpes suaves en el salpicadero. Un último detalle que recuerdo de forma nítida era una porra de policía nacional que guardaba bajo el asiento del acompañante, por lo que pudiera pasar.
De aquella época atesoro escenas vagas de un viaje que hicimos a Jaén capital para cobrar un dinero pendiente. En mi cabeza está grabada la imagen de una ciudad en la ladera de una montaña enmarcada por una gran sierra pelada. También el posterior regreso por la cerradura hacia Granada. El estrecho cañón del río Guadalbullón y sus paredes verticales se imprimieron en mis retinas. La luz del mediodía reverberaba generosa en el parabrisas y nos cegaba en las cuestas del puerto de Noalejo, justo antes de coger el desvío hacia Iznalloz y Diezma. De ese mismo viaje conservo la imagen de nuestro regreso por la carretera de la Puebla y el paso por el campo de Cagitán. Era verano y los llanos se mostraban calcinados por el sol inclemente de la siesta. Yo debía ser bastante chico pero en mí ya estaba sembrada la semilla de la inquietud por conocer todos esos caminos a lomos de una bicicleta.
De todas las anécdotas que puedo recordar de aquellos años tan tempranos en los que yo apenas levantaba unos palmos del suelo quiero enfatizar la siguiente. En una ocasión tuvimos que desplazarnos a Andújar. Por supuesto, era también verano y el calor en el centro de Andalucía era sofocante. Le comenté a mi padre si podía buscar una piscina para bañarme. Pese a que se trataba de un viaje de negocios navegó entre pueblos y calles hasta encontrar una piscina municipal, no recuerdo exactamente dónde, y abandonó durante unas horas las preocupaciones profesionales para darle el gusto a un chiquillo como yo. A la luz del presente, ahora que soy padre y debo gestionar los deseos de mis niños, ese sencillo regalo que me hizo supone todo un mundo de agradecimientos.