Buscando gusanitos

Desde hace unos meses, tengo perro. Hay muchas ideas preconcebidas al respecto de las mascotas. Quienes tienen hijos suelen pensar que los que tienen perro y no niños es porque intentan rellenar el hueco con el chucho. Quienes no tienen hijos a veces piensan que los que tienen perro es porque no les gusta estar completamente solos. Quienes tienen perro e hijos, pues a esos no les da tiempo a pensar en nada. Luego hay más ítems en esta casuística que ya no voy a comentar.

Un perro te plantea una primera disyuntiva cuando te mira directamente a los ojos: ¿tendrá este animalillo la capacidad de sentirse feliz y, por añadidura, triste? ¿O más bien su mirada es algo así como un reflejo instintivo porque acaricia la mano de quien lo alimenta?

No tengo ni idea de cómo contestar a estas preguntas. Lo más razonable sería investigar por ahí a ver qué dice el personal. A lo mejor encuentras algo así como un perro como tal no puede pensar ni sentir emociones, más bien se comporta de forma muy instintiva que dirían algunos. En el otro extremo pueden estar aquellos que le hablan al oído, lo acarician, lo miman hasta el infinito con mantas de pura lana virgen. Éstos son tan pesados que mejor no darles cancha. (Estas personas son las que me hicieron entender por qué a unos padres les parece totalmente natural pasarse horas y horas hablando de las cosas que hace su hijo.)

«En lo que a mí respecta, el perro me ha traído ciertos problemas.»

En lo que a mí respecta, el perro me ha traído ciertos problemas. Tengo que sacarlo varias veces al día, planifico mi horario en función de sus necesidades, intento hacer deportes en los que me pueda acompañar, etc.

Pero pese a estos condicionantes, compensa. Compensa por su mirada. Por esos ojos limpios que te buscan cuando le llamas, o esa mirada directa de tranquila quietud cuando lo acaricias. También compensa por su manera de acompañarte: no exige nada.

Pero dejando aparte consideraciones místicas muy dadas a los que nos sentimos papis de cosas pequeñas que tienen vida, mi perro me proporciona uno de los mejores momentos del día cuando sale al parque a eso de las ocho de la noche.

Ya hablé ayer de mi casa, de sus problemas de cobertura. Hoy añadiré algo más. En mi barrio hay una plaga de preñez. Sí, sí. Aquí las mujeres se preñan con el viento húmedo que transporta los amentos de los árboles del río. Tanto es así que el parque que tengo enfrente de casa, con el sol tibio de esta primavera que ya empieza a olerse, se llena de padres, madres y niños formando una algarabía similar a la de los gorriones en los aleros de las casas viejas.

«En mi barrio hay una plaga de preñez.»

Los niños del parque le tiran mucho a los gusanitos, golosina de maíz ampliamente aceptada por la comunidad infantil e incluso por adultos de postín. Uno mismo se pone con ellos y necesita más de dos bolsas para realizarse digestivamente. Los gusanitos tienen el inconveniente de que pesan poco y vuelan rápido, amén de que las bolsas que los contienen se rompen con facilidad. Así que no es de extrañar que el parque, a eso de las ocho así, esté sembrado.

Y claro, Moss, que así es como se llama mi perro, disfruta mucho buscando gusanitos. Husmea aquí y allá hasta encontrar premio. Y yo, que soy como que muy entretenido, que cualquier cosa me hace detenerme en el tiempo, me quedo mirándolo absorto desde el banco desgastado de madera mientras que, afanoso, hace un barrido integral de los más de 200 metros cuadrados del parque que hay enfrente de casa.

Y sólo interrumpe su rastreo para levantar la cabeza y cerciorarse de que sigo ahí, mirándolo con paciencia. Y lo mejor de todo es que él no sabe que yo disfruto todavía más que él con cada uno que encuentra y engulle.

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