Al caer la tarde

Al caer la tarde a mi niña Alma le entra sueño. Ha dormido su siesta más o menos larga pero es tan chica que necesita una pequeña cabezada antes de la noche. La tomo en la mochila y salgo a dar un paseo por las calles del barrio.

En cuestión de minutos Alma cierra los ojos y se acurruca en mi pecho. Con una de mis manos le sostengo la cabeza y trato de aislarla del ambiente de la calle. Comienza así un breve ejercicio de meditación que suele durar media hora. No mucho más porque entonces la niña coge carrete y se nos trastoca el sueño de la noche.

¿Y qué me pasa por la cabeza? Pues depende. Hay días que el cielo está tan animado de nubes, pájaros y estelas de aviones que me dejo llevar y simplemente contemplo como los rayos de sol se van inclinando y las sombras se alargan en el enlosado. Otras veces me concentro en las personas que veo por la calle: unos niños que juegan al fútbol, una madre con prisas, hombres y mujeres que regresan del trabajo y aparcan los coches.

«Ahí está ella: hermosa, dulce y tranquila, con sus manos agarradas en un pliegue de mis cortas mangas.»

Mientras la media hora transcurre son muchas las ocasiones en que bajo la mirada para contemplar a mi niña en su sueño profundo. La cabeza levemente inclinada, la boca abierta, las babas humedeciendo mi camiseta en el pecho. Ahí está ella: hermosa, dulce y tranquila, con sus manos agarradas en un pliegue de mis cortas mangas.

En contraste con la paz que transmite su respiración, el mundo visto desde la coronilla de mi hija Alma es un lugar inhóspito y hostil. Los coches rugen sin piedad y apuran la marcha para acelerar inútilmente cuando un estop les espera 50 metros más adelante. Las motos revientan el trino de los gorriones con los escapes trucados. La gente, la mayoría de los que se cruzan conmigo, no reparan en el bulto que cuelga de mi espalda. Todo bulle rápido y ruidoso allá afuera.

Y aquí dentro, en la fortaleza de mi niña que es su corta edad y mis brazos que la envuelven, todavía existe el silencio, la calma, el ansia por descubrir, las ganas de conocer y la necesidad de experimentar. Soy plenamente consciente de que sostengo con mis manos lo más puro de la vida. Acerco mis labios para tantear sus rizos y aspirar el aroma a bebé que emana de su cuero cabelludo.

Ojalá nunca lo olvide.

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2 comentarios

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Pues entonces disfrutaré ahora que está en todo lo suyo. Eso sí, intercalando la crianza con el monte, que la diversidad es sana. Mañana nos vemos 😉

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