El día 8 de junio de 2025 tengo un accidente serio con la bicicleta en la sierra de la Cabeza, término municipal de Calasparra. En un tramo descendente de la pista de tierra que flanquea la vertiente norte, justo antes de una curva a izquierdas, entro mal en una rodada y la rueda delantera derrapa hasta hacerme caer violentamente de costado.
La geometría del terreno y mi forma de aterrizar con las manos sujetas al manillar sin soltarlo provocan que toda la energía del choque se concentre en la parte superior del fémur de mi pierna izquierda. Tras el impacto inicial, me deslizo varios metros más apoyándome en el antebrazo dejando un rastro de sangre.
Mi reacción inicial es gritar y llamar a mis compañeros que van por delante salvo Miguel Gual —creo—. Enseguida Rubén y Javi Penalva regresan y empezamos a valorar el desastre. Puedo mover bien la mano aunque tengo una abrasión muy profunda en el antebrazo desde el codo hasta casi la muñeca. También tengo, aparentemente, movilidad en las extremidades inferiores. ¿Nada en las piernas al parecer?
No obstante, me resulta imposible incorporarme. Pido ayuda y, entre Miguel y Rubén —que es un tipo capaz de subir un piano de cola por una escalera de caracol—, me ayudan a ponerme de pie. Desde el segundo cero compruebo que no puedo cargar el peso de mi cuerpo en la pierna izquierda. Ni siquiera puedo lanzarla hacia adelante para caminar. Mal asunto.
Me llevan en volandas hasta una zona de escasa sombra y me sientan con mucho cuidado para seguir evaluando daños. Parece evidente que no voy a seguir siendo capaz de pedalear así que organizamos una evacuación. Apenas tenemos cobertura —yo con Vodafone ninguna— pero conseguimos avisar a Joaquín Ríos en Cieza para que coja la furgoneta de Javi Penalva y se acerque a recogerme.
Esperamos unos 45 minutos que se me hacen eternos entre el calor y las moscas que buscan la sangre de mis heridas. Los dolores se van acentuando conforme la concentración de adrenalina inicial va en descenso y no sé en qué posición ponerme para soportarlo. En un par de ocasiones, pido ayuda para intentar ponerme de pie pero es imposible. Un dolor agudo en la ingle me lo impide.
Cuando por fin llega la furgoneta, consigo sentarme en el sitio del copiloto con penosos gestos y me sujeto la pierna izquierda con ambas manos para controlar el movimiento. Inicialmente, llamamos a la Federación de Montaña con quien estoy asegurado y me abren un expediente para atenderme en el hospital de Molina de Segura.
Valoro unos minutos la situación y prefiero que me lleven a La Vega, en Murcia, donde tengo el seguro sanitario normal. Llegamos alrededor del mediodía y está a tope de gente. Hemos avisado ya a Lourdes del percance pero no quiero darle detalles finos hasta tener una primera valoración médica.
La estancia en urgencias es exasperante sentado en una silla de ruedas muy estrecha que me oprime las caderas y me obliga a mantener las piernas encogidas. El dolor de las abrasiones va en aumento y en el triaje no me ven muy grave porque tardan más de media hora en atenderme. Le explico a la doctora la situación y me llevan a rayos. Cada transición silla-camilla-silla es un tormento y me supone un esfuerzo descomunal. Me curan las heridas superficiales, me las vendan, cortan con tijeras el culote y el maillot y me ponen un camisón de lunares. Solo quedan de mi atuendo ciclista dos elementos: las botas rígidas con las calas y los guantes.
Tras otro rato en espera, me llevan para hacerme un TAC. Otra prueba de fuego para introducirme en la estrecha camilla y para incorporarme de nuevo. Tras un rato más me llama la doctora y me da el veredicto: las pruebas indican que tengo una fractura en la zona de la pelvis y que me van a ingresar. Me llevan a una sala especial donde hay otros muchos enfermos en camillas separados por mamparas y me quitan las zapatillas y los guantes. Lo meten todo en una bolsa negra —como las pruebas de la escena de un crimen— y me colocan una vía para calmarme el dolor.
Los enfermeros me tratan con cuidado y me dan ánimos. Una y otra vez les explico la película y me siento aliviado al hablar. Entretanto, me hacen un vendaje de rodilla para abajo y colocan mi pierna en una plataforma con un contrapeso de 10 kilos. Es una tracción blanda. Después, un celador me explica que se han equivocado con la cama y que me tienen que pasar a la definitiva. Trago saliva. Las colocan en paralelo y con la mano les indico que no me ayuden, que yo me valgo. Prefiero modular mi dolor porque sé exactamente dónde está el foco del mismo. Consigo entre sudores fríos cambiar de cama y procuro relajarme.
Subimos Lourdes, Javi Penalva y yo con el celador que empuja la cama a lo que será mi habitación. Nos dejan allí tranquilos. Finalmente le agradecemos a Javi su paciencia y el apoyo logístico en este trance y se marcha a casa, que son más de las cuatro de la tarde y no ha comido ni un bocado desde las 7 de la mañana. Justo cuando nos quedamos solos noto cómo me derrumbo y me abrazo llorando a mi mujer. Me envuelve una nube densa tanto de sentimientos encontrados como de culpa por haber truncado muchos planes. Me siento responsable y me duele —mucho más que mi cuerpo— el hecho de haber torpedeado para los míos el futuro luminoso del verano. No puedo cesar de repetir en mi cabeza la secuencia de la caída, el gesto del manillar, el derrapaje de la rueda delantera y el aterrizaje en la dura tierra salpicada de grava.
Tras un rato más de desahogo me voy calmando y ponemos a Carlitos en la tele —está palmando en los primeros compases frente a Sinner en la final de Roland Garros—. Me abstraigo con el tenis mientras esperamos la visita del trauma, algo que no se producirá, pues el partido acaba casi a las 9 de la noche con remontada murciana y además juega España al fútbol. Supongo que las malas noticias pueden esperar.
En la mañana del lunes, día de la Región de Murcia, el hospital está muy tranquilo. Viene primero un médico y me confirma que hay fractura y que tengo que pasar por quirófano. Me anuncia que vendrá el jefe de trauma para explicarme la situación. Al rato entra el Doctor Archidona con cara seria y atuendo de quirófano. Fractura compleja y multifragmentada de acetábulo y pelvis, operación seria con doble abordaje, recuperación dura y larga. Un mensaje sencillo, directo y demoledor. Y de remate me comunica que, ahora mismo, debo bajar a quirófano para una primera intervención preparatoria.
Y así, sin tiempo para compadecerme, un celador navega por los pasillos del hospital pilotando mi cama y veo pasar las luminarias rectangulares del techo, una imagen que únicamente había contemplado en las películas y en las series de médicos, y que veré repetida varias veces en estos días: el camino de la incertidumbre y el desasosiego parametrizado por hitos luminosos hasta llegar a las puertas del área quirúrgica.

El quirófano es una sala amplia con temperatura de secadero de jamones. El cirujano es joven, enjuto y con gafas. Le reconozco: es el primero que me ha visitado esta mañana. Pide con voz alta una nueva batería para el taladro. Esto pinta mal. Me colocan anestesia local en dos puntos concretos bajo la rótula izquierda y me explica que van a introducir una varilla de acero en la tibia para traccionar con una carga de 10 kilos el hueso del fémur y separarlo del acetábulo. Suena fantástico.
Le hago un stop con las manos y le pido que me de algo para no estar demasiado pendiente de la intervención. Pronto baja el anestesista, me introduce fentanilo del bueno por la vena y comienzo a volar. Escucho lejano el ruido de la broca y, cuando tomo conciencia, estoy en una sala de recuperación con la pierna totalmente inmovilizada; observo además que una varilla metálica de 2 milímetros de diámetro me atraviesa la tibia de un extremo al otro. El mismo celador me sube a la habitación y Lourdes me recibe con cara de preocupación. No es para menos. Mi pierna presenta un aspecto terrorífico, aunque yo apenas le doy importancia. La droga sigue ejerciendo sus efectos en mi sistema nervioso.
Los dos siguientes días me debato entre el sueño y la vigilia con fuertes molestias, analgesia a prueba de bombas y comidas lúgubres. Me visitan familia y amigos y me dan ánimos. La tarde del martes le digo a Lourdes que se tome un descanso y se marcha a Cieza para ver a los niños. Paso bien la noche en solitario y empiezo a tener más confianza en el personal del hospital para lavarme, para hacer mis necesidades y, en definitiva, para que me cuiden. Estoy en un punto en el que me dejo llevar. No me queda otra.
El miércoles por la mañana me hacen unos análisis y me bajan a rayos donde, tras varias placas, me devuelven a la habitación. Al mediodía pasa el Doctor Archidona y, con media sonrisa, me explica buenas noticias: la fractura ha mejorado y se ha reducido gracias a la tracción. La idea es hacer una intervención menos invasiva mediante cirugía percutánea con un abordaje lateral para colocarme unos clavos en el acetábulo. Me da como fecha el viernes 13. Cuando se marcha llamo inmediatamente a Lourdes para darle la buena noticia. Un poco de luz.
Los días antes de la operación los paso de mejor ánimo pues tengo un horizonte definido. En la tele no paran de poner mierdas políticas del caso Koldo y la dimisión de Cerdán. Llega un punto en el que mi hastío informativo es tan grande que ya no volveré a encenderla nada más que para ver películas de Clint Eastwood. La noche del jueves Lourdes trae ibéricos del súper del Corte Inglés y nos damos un homenaje. Hasta las 12 de la noche todo vale.
Para mi sorpresa descanso tranquilo y me despierto a eso de las 7:00. En principio no vienen a recogerme hasta pasadas las 9:00. Con media hora de retraso aparece un celador, desbloquea la cama y, tras un beso a Lourdes, me lleva hacia el quirófano. Nuevo viaje por los pasillos, vestíbulos y ascensores del hospital sorteando estrechuras y amortiguando con mi cuerpo los bruscos saltos de las ruedas cuando salvan alguna junta o discontinuidad.
En el área de quirófano me aparcan junto a otras camillas. Viene el anestesista y me hace unas preguntas. Todo correcto. Firmo el consentimiento y se acerca Archidona para darme ánimos. Además de la raquídea, por vía intravenosa me administran un sedante fuerte y me quedo todo sopa. Apenas noto cómo empiezan a manipular la tracción ósea para extirpar la varilla y ya no recuerdo más. Cuando despierto, estoy en el área de reanimación, arropado con una manta mulera y la pierna liberada. ¿Puedo mover los dedos de los pies? Puedo. Me siento extrañamente relajado y vienen los enfermeros para colocarme una nueva tracción blanda.
Casi al mediodía me suben a la habitación. Lourdes ya ha hablado con el cirujano y ha salido todo bien. Estamos contentos. Todavía no puedo ingerir comida ni bebida así que me relajo y me vuelvo a dormir. Por la tarde, probamos con agua y luego zumo. Por la noche, seré capaz de cenar sólido y tendré hambre. Buena señal. Mi siguiente meta es el lunes 16 donde me retirarán la tracción blanda y probaré a ver si me puedo sentar en un sillón sin demasiado dolor. Veremos.

La noche la paso regular. Apenas puedo dormir. El sábado amanece como siempre con los mismos rituales: temperatura, tensión, analgesia, saturación y, finalmente, desayuno. Vienen a lavarme pero hoy no es mi día. Me noto muy cansado. En la siguiente revisión doy 38 de fiebre y nos da mala espina. Pasamos el sábado y el domingo con fiebre que apenas cede pese a los antipiréticos. El trauma de guardia que nos visita me comenta que es muy habitual tras una cirugía. El cuerpo reacciona así frente a la agresión del bisturí y la posterior inflamación.
Las horas pasan muy despacio y concentro mi atención en los pocos estímulos que la blanca habitación de hospital me ofrece. El punto rojo de la TV apagada, la consola del aire acondicionado y su temperatura, la vista todo piedra-acero-cristal de la ventana en la que apenas se aprecia la declinación solar, la luz que se apaga y enciende en el pasillo del edificio de enfrente. Aparte de estas referencias inanes y asépticas, focalizo mi conciencia y mi ánimo en un dibujo de mi hijo Pedro con su sincero deseo: recupérate, huevo con gafas, porque tengo que bañarme contigo este verano. Este mensaje y la foto de graduación de mi niña Alma son la polar que me marca el rumbo en el océano blanco de la habitación de hospital. A esta constelación me encomiendo para encontrar el camino a casa.
El lunes por la mañana la fiebre ha remitido. A primera hora se acerca un médico de trauma y me indica que la tracción blanda también la van a retirar y que pruebe a sentarme. Los enfermeros proceden, me quitan todos los vendajes y me curan por enésima vez las abrasiones del brazo y las heridas de la tibia. Pasa el tiempo y el médico no regresa. Lourdes y yo suponemos que debemos intentar hacer la operación del sillón en solitario. Al final entran unas limpiadoras y nos ayudan con la tarea. Acercamos el sillón al lado derecho de la cama y, con mucho cuidado, consigo hacer la transición. Estoy más de 20 minutos sentado hasta que me canso y hago ánimo para regresar a mi cama.
Por la tarde vuelvo a realizar la misma operación. Me hago bastante daño en algunos gestos pero puedo controlarlo. Previendo 3 o 4 días más de estancia le digo a Lourdes que se marche a casa para descansar. Ya sin tracción puedo manejarme mejor para comer, cenar y pedir ayuda. La noche la paso bien, con una almohada bajo la pierna izquierda porque no puedo extenderla del todo después de tenerla arqueada tantos días y sometida a los 10 kilos de tensión. Poco a poco.
El martes por la mañana tengo las visitas habituales —enfermeras, celadores, limpiadoras— pero no viene el médico. Mi hermana Isa me trae unos albaricoques para facilitar el tránsito y, nada más marcharse, me coloco los auriculares y escucho un rato a Tord Gustavsen que es el pianista que más ha definido estos últimos meses. Los ojos se me humedecen rememorando otros tiempos mejores en los que esta música me acompañaba subiendo montañas o paseando por el campo. Ensimismado en mi mundo interior no advierto la irrupción en la habitación del mismo médico que me visitó ayer. Cuando recupero la compostura me pregunta qué tal me encuentro. Le contesto que bien, que algo aburrido. Valora unos minutos la situación y me sorprende cuando me anuncia que hoy mismo podré marchar a casa.
Todos los acontecimientos se precipitan. Lourdes debe volver desde Cieza para recoger la habitación. Como viene con su coche, le tocará regresar a solas ya que a mí me van a trasladar en una ambulancia. A eso de las 16:00 entra el encargado del transporte con la camilla, la coloca en paralelo a la cama y me cambio. Levanta unas protecciones laterales y dispone una almohada en mi cadera maltrecha para evitar los golpes. Descendemos a la puerta de urgencias y salgo a la calle después de 10 días hospitalizado. Con la habilidad de haber repetido la misma operación cientos de veces, me sube a la ambulancia y me amarra con un cinturón de seguridad. Nos vamos.

Ruido ensordecedor, traqueteo, calor y cuidado con las curvas pues debo controlar la inercia que me arroja hacia los laterales de la camilla. Con la cabeza incorporada intento adivinar por dónde vamos: ronda oeste de Murcia, nudo de Espinardo, los polígonos de Molina, el cruce de Archena. El cielo está plano, saturado de calima y sin nubes. Apenas alcanzo a ver las copas de los árboles frutales antes de subir la Losilla. Con el rabillo del ojo vislumbro la Navela, el Solán, Ricote y la Pila. Me pregunto cuándo volveré a recorrer todas estas montañas. ¿Quién lo sabe?
Por delante tengo otros desafíos mayores: consolidar la fractura, recuperar la movilidad y fortalecer la pierna. No tengo prisa. Cierro los ojos y acepto que, posiblemente, mi vida necesitaba un reset, una buena hostia pedagógica para calibrar correctamente todo lo bueno que me rodea: desde los amigos que se han preocupado por mí estos días hasta la familia que nos ha asistido y arropado. A todos ellos les debo mi agradecimiento.
Muy especialmente, pienso en mis tres hermosos hijos: Lola, Pedro y Alma. Sonrío por su manera de afrontar este reto y el humor que desprenden cuando tararean la banda sonora de 2001, odisea en el espacio si soy capaz de superar una nueva pantalla del videojuego como lavarme la cara sin palangana, mear en el baño y comer en la mesa.
En última instancia, Lourdes, que ha estado conmigo en el hospital todos estos días oscuros sin desfallecer. Los tiempos venideros seguirán siendo complejos cuidando de 3 críos y un inválido y ninguna literatura puede conjurar la pesada carga de lo cotidiano y lo pequeño: desde los pinchazos de heparina a cocinar buenas comidas pasando por las curas.
Por cada kilo de la mochila, por cada metro de desnivel, por cada paso.
Gracias.
2 comentarios
Mucho ánimo Jose, que en dos días estamos subiendo montañas otra vez. Un fuerte abrazo.
Dios te oiga, Félix.
Por mi parte no va a quedar.
Un abrazo enorme y que esa rodilla vaya a mejor.
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