Conforme pasan los años la contabilidad vital arroja pérdidas y ganancias en sus diversas rúbricas: más calvo, menos arriesgado, mucho más precavido, menos conflictivo. Por ejemplo, hace 10 años no pasaba una semana sin que hubiera subido una montaña. Era una de mis condiciones temporales inexcusables que procuraba llevar a rajatabla.

Indudablemente, soy otra persona diferente a la que se encaramaba a cualquier prominencia pero la montaña sigue ahí siempre como telón de fondo. De hecho, una de las ganancias más hermosas de mi vida es que he conseguido no solamente seguir haciendo montaña, sino vivir en ella una porción considerable de mis días.

Me levanto y voy al fregadero de casa y miro por la ventana. El dorso curvilíneo de los Villafuertes dibuja el horizonte próximo mientras que, cuando levanto la persiana del salón, es la raspa quebrada del Puntal del Carreño la que me cierra por oriente. Cuando estoy laborando en el terruño es la figura esbelta del Tejo la que me señala el mediodía con sus trenzas de roca y pino desparramándose sobre el puerto.

Vivir en la montaña también te permite experimentar el cambio de las estaciones. La explosión de verdor y de lirios de la primavera, el silencio oscuro del invierno iluminado por las nieves, el sol aplomado e inclemente del verano dorando los cereales y macerando las aromáticas, el resplandor ocre del otoño en los rincones del bosque. Cada día es un día reseñable si sabes percibir el detalle, las yemas futuras, la hierba que repunta, la declinación de los astros, el comportamiento de las aves, el calendario de los almendros y el ritual de la lumbre.

Con todo, lo mejor es compartir con mis hijos este escenario vital que para mí supone una pieza clave de mis días, uno de los hilos conductores de una existencia en permanente zigzagueo entre las reservas y las ilusiones. Un paseo para recoger leña, un rato buscando huellas de animales, la mordedura helada del invierno en manos y pies cuando jugamos en la nieve, la visión del crepúsculo desde alguna era olvidada. Todos estos momentos son tesoros reales, experiencias auténticas que, ojalá, en el futuro, sean una impronta sólida en mis niños para que recuerden dónde está la vida, exactamente donde las laderas de las montañas confluyen en el valle.