Eventos fronterizos

A mis alumnos les explico que un evento es algo que sucede en un determinado lugar del espacio y el tiempo. Hará ya tres años que no olvido el que aconteció en el punto kilométrico xyz de la A92N camino de Baza. ¿Cómo borrar su imagen agitando los brazos y corriendo por el arcén?

Tal y como si estuviera aquí, delante de mis ojos, todavía vislumbro la recta infinita de la autovía cuyas líneas convergen hacia las nortes más umbrosas de la Sierra de Baza. En contraste con los tonos apagados del bosque se recorta la silueta de su blusa anaranjada.

Paramos el coche, bajamos marchas y notamos el alivio de quienes nos sobrepasan por la izquierda. Supongo que les estamos dando la coartada necesaria para esquivar este encuentro en las alambradas.

«Nada más echar el freno de mano la mujer aporrea los cristales.»

Nada más echar el freno de mano la mujer aporrea los cristales. Abro la portezuela e intento mirarla a los ojos sin encontrar nada. Grita, pide ayuda, repite una y otra vez las mismas consignas como en una oración desesperada.

La abrazo con fuerza mientras la cerco contra el quitamiedos. Palabras de ánimo, de tranquilidad, de esperanza, palabras huecas con cáscara que rebotan y se hacen añicos contra su cabeza cortocircuitada.

Pasan los minutos y reparto mis esfuerzos en mantenerla alejada del continuo tráfico mientras avisamos al 112. El tiempo se hace eterno, los argumentos débiles, los brazos tensos que apenas pueden sostener su torso tembloroso y el arreón de los espasmos que, en oleadas de dolor, le traen a su conciencia nublada la certeza de que la vida ya no va a ser jamás la misma.

Y cuando la ola ya disipó su mala energía, entonces viene la resaca, el abatimiento, la cabeza agachada que se apoya sobre el hueso de mi clavícula mojándome con lágrimas densas como el aceite.

Giro la cabeza y compruebo como la niebla se levanta del valle y, en el cambio de rasante, asoman las primeras luces de la ambulancia. Siento un alivio inmenso por vislumbrar la salida a este infierno, actitud cruel y egoísta la mía frente a quien únicamente se encuentra a sus puertas.

«Necesito saber más, mirar a la cara a ese monstruo que está esperándome al otro lado de la alambrada.»

Por fin uno de los enfermeros me libera de la carga y puedo regresar a mi coche. Camino despacio y con dudas. Miro otra vez hacia atrás, hacia la mujer que ahora está alojada en la parte trasera de la ambulancia mientras recibe los consejos y la asistencia de personas que están preparadas para estos encuentros fronterizos. Ando un par de pasos más y, sin saber por qué, me detengo.

Allí delante, a escasos metros, me esperan dentro del coche para continuar el viaje. Sin embargo, doy media vuelta. Necesito saber más, mirar a la cara a ese monstruo que está esperándome al otro lado de la alambrada.

Sobrepaso la furgoneta siniestrada lentamente hasta que veo sus pies. Uno de los zapatos ha volado decenas de metros. No veo sangre. No la hay. Tan sólo un cuerpo dormido, aunque en una posición tan forzada que jamás podría albergar sueño alguno.

En sus caderas retorcidas con respecto al tronco asoma la cabeza del fémur desgarrada del isquión. Para mí ya es suficiente. Regreso a mi coche. Supongo que necesitaba verlo con mis propios ojos para reconocer las falsas esperanzas que había estado insuflando en el ánimo de aquella mujer.

Cuando paso a la altura de la ambulancia la miro por última vez. Ahora tiene la cabeza gacha, los brazos abatidos y el cuerpo laxo por el efecto de algún medicamento milagroso. Cierro los ojos e intento olvidar los postes, el alambre de espino y los jirones de la carne enganchados en las estrellas oxidadas.

Pero no puedo.

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